Anda uno en tonos nostálgicos.
Rememorando o trayendo al hoy momentos vitales removidos por otros momentos más recientes.
La memoria selectiva y escondida, aparentemente, hace que situaciones, emociones recuerden y traigan a la luz anteriores. Difíciles a veces de contextualizar y comunicar a otras personas que quizás lo más que pueden hacer es acompañar que no es poco en lo que supone entre otras cosas de intentar adecuar el paso, el ritmo vital, la mirada sin saber muy bien a quien acompaña a dónde le va a llevar.
Bueno en esta nostalgia modernizada y relacionada en este caso con el libro y aprovechando herramientas a las que uno de repente les ve una utilidad como es el caso de aNobii, descubierta gracias a Loretahur, me reencuentro con este texto:
- Un lugar que algunos jóvenes del futuro no podrán ni siquiera imaginar porque ya no existirán otros parecidos, porque se habrá perdido esta mezcla de orden minucioso y de leonera, esta mezcla de afecto por los libros y de amontonamiento salvaje. Un comercio a pequeña escala. Tráfico discreto, pero esencial. Resistencia a todo lo demás, mediante los textos, la impresión. Depósito anodino, pero explosivo. Reservas de bengalas, capaces de iluminar tanto el detalle de una vida, como lienzos enteros de una existencia. “Ejemplos de cosas deliciosas –decía el sabio chino-, descubrir un gran número de cuentos que todavía no hayamos leído. O adquirir el segundo volumen de un relato cuyo primer volumen nos gustó…”. Encima de los expositores, lámparas con pantalla difundían una cálida luz que permitía a los lectores sedientos examinar con intimidad la copa desbordante del texto, Champaña, elixires del diablo, vinos embriagadores, licores, matarratas y agua pura. Al final de la tienda reinaba una penumbra a la que hacía falta acostumbrarse, pero algunas mañanas, junto a la puerta acristalada, el sol penetraba con tal generosidad que era imposible resistirse al placer de abrir un libro en la claridad del día que templaba el papel, cuyo grano alargaba sus sombras, y cuya blancura se extendía como un desierto de signos. Lentitud, luz, lectura: ¡una verdadera felicidad!. Durante los últimos años del siglo XX, y los primeros del siglo siguiente, se profetizaba con sorna que a este tipo de lugares ya no les quedaba mucho. ¡Se acabaron las pequeñas librerías! Moribundo, este tipo de comercio… Sobre todo existía un resentimiento contra el papel y la tinta. Tanto contra la tinta de las estilográficas como contra la de la imprenta: una antigualla sucia. Pero existía también resentimiento contra estos pequeños depósitos de pensamientos, de visiones, de palabras que florecen, de una página a otra, al tiempo que permanecen extraordinariamente compactos, bien cerrados sobre sí mismos, listos para ser escondidos dentro de un bolsillo, llevados de viaje y abiertos en cualquier lugar, en cualquier momento. Recorridos. Devorados. Hojeados. Sin electricidad. Sin pantallas. (Pierre Péju; El librero Vollard; Tropismos, pag. 47-48)
Es probable que vayan muriendo y ¿merecerá la pena lo nuevo que nace?
¡Quién sabe!